Daniel Perez Acosta, bailando el candome

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Daniel Perez Acosta, bailando el candome

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En la ciudad de Buenos Aires, más precisamente en el barrio de San Telmo, aún se escucha resonar los tambores del candombe. Cruzando el Río de La Plata, Uruguay, nuestro paìs vecino, esconde una suerte de encanto en la historia de aquellos negros, que traídos para ser sirvientes o esclavos, dejaron su huella.

Daniel Perez Acosta supo juntar las dos costas y reflejarlas en sus pinturas. Nieto de sirvientes, era “un negro viviendo en una sociedad muy rural, pacata y conservadora”. Llegó a Buenos Aires hace 23 años persiguiendo un amor – si de cuentos se tratara -, un hecho que marcó su destino para siempre. “Mi espíritu de libertad hizo que me dejara atravesar por las circunstancias y esas circunstancias me trajeron a vivir aquí. Cuando vivía en San José, en Uruguay, yo me sentía encerrado, con mucho agobio. Estaba latente la necesidad de irme de ese lugar donde yo ya había cumplido un ciclo, quería expandir mi conocimiento y mi inserción en el mundo”, dice el artista. .

Del otro lado del charco

DA: ¿Existió algún choque cultural en este país?

DPA: Mi modo de concebir la vida hizo que no viviera ningún choque cultural. Cuando llegué a Retiro, me estaba esperando una chica y todo lo que sentía era amor por ella y amor por ese nuevo lugar, ese espacio cultural que aún no conocía. No existe la posibilidad de choque cultural en la medida que uno esté abierto, un choque siempre es por comparación con algo muy arraigado, muy cerrado.

DA: ¿Qué cosas influyen en tus obras?

DPA: Es muy difícil de definir qué cosas influencian la vida de un artista. Todo tiene influencia, todo te atraviesa, como sos un ser vivo, te atraviesa el dolor, el amor, la traición, las entregas. En un estadio anterior, 30 años atrás, estaba atravesado por algo más inmediato, lo que estaba delante mío, lo que veía; hoy me siento más atravesado por la ancestralidad, por lo atávico, por algo que no puedo definir, que viene del más allá y yo me siento como un instrumento de eso. Hoy estoy atravesado por algo más universal, por el arte, por algo que no podría definir.

DA: ¿Los matices afroamericanos está detrás de tu arte?

DPA: Sí, fundamentalmente en mi última obra, la que aún no se dio a conocer. Esta obra en la que vengo trabajando desde hace 16 años tiene fuertes matices afroides.  Yo no pinto sobre el negro, yo soy un negro pintando, eso soy. Esos matices existen en mi obra, yo no los busqué sino que los fui descubriendo, los encontré. Siempre estuvieron presente la sensualidad, que para mí siempre estuvo asociada a la curva, a la femineidad. Esos matices afro también se expresan en mi obra en la forma de distribución, en el ritmo.

DA: ¿Qué es ser artista desde tu mirada?

DPA: No creo en los artistas, sí en el arte. Ell arte es parte de la vida, es la vida misma. Tenés que dominar la materia, cual artesano y ser expresivo, poder transmitir un sentir. El artista aparece y se va; el arte sigue, es eterno, aunque vaya cambiando de formas.

DA: ¿Qué significan los desnudos para vos?

DPA: Desde muy chico tuve contacto con la desnudez femenina, mi mamá era lavandera y yo me ocupaba de colaborar con su tarea llevando la ropa limpia a un prostíbulo. Las prostitutas eran mis amigas, yo llevaba papeles y les pedía que me permitieran retratarlas. Desde ese momento, yo siempre dibujé prostitutas. Lo que me asombraba eran sus formas, sus redondeces, sus curvas, eso para mí siempre estuvo asociado a la femineidad. En toda mi obra empleo la curva, y toda mi obra tiene un carácter muy fémino. En ese sentido, el desnudo femenino y su influencia tiene una importancia capital en toda mi obra.

DA: ¿Qué es ser hoy Daniel Perez Acosta?

DPA: ¿Quién soy? Para responder a esta pregunta, tengo que hacer historia. Cuando era un niño y también en mi juventud, era un ser muy discriminado por mi color de piel, con todo lo que supone la discriminación racial. A mis 15 años, es cuando comienzo a enfrentar eso, de modo irónico y confrontativo, pero sin agresión: me ponía una remera roja, unos pantalones oxford, un saco blanco, me lavaba la cabeza con jabón para que quedara bien afro y caminaba por la plaza del pueblo. Era una performance viva, enfrentaba con mi cuerpo a una sociedad blanca que quería imponer sus reglas y yo me resistía a asimilarlas como lo habían asimilado mis tíos abuelos o mis padres. Me asumía como negro, como un tipo distinto y trataba de demostrar quién era yo, los enfrentaba con hidalguía y con mi presencia respetuosa comunicaba: “este soy yo, yo soy un negro, y estoy acá”. Con los años me hice pintor, me hice famoso, gané premios y adquirí un nombre, ya me reconocían y esa identidad se la daba yo a mi familia. Hoy, al saltarme muchos años, siento que no soy Daniel, que no soy Pérez, que no soy Acosta, siento que estoy fusionado con el universo, con el todo, no me siento un artista, me siento fusionado con el arte, con la vida, y sobre todo con la eternidad, con la plenitud.

Autor: Magdalena Ehul
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