POR - EVER - SIEMPRE - NICOLÁS - Distrito Arte

POR – EVER – SIEMPRE – NICOLÁS

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POR – EVER – SIEMPRE – NICOLÁS

Recién llegado de viaje, lo primero que hizo después de aterrizar fue recibirnos en su taller, en Villa Crespo. Un Buenos Aires el rojo vivo, de calor sofocante. Un Nicolás Romero de look vintage, buen humor y muchas anécdotas. Un ventilador industrial. Una soda. Y a charlar.

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“En la adolescencia, un día en la escuela, descubrí el grafiti. Lo vi en los baños y pregunté quién lo había hecho. Y desde ahí me conecté con esa gente y luego empecé a conocer a quienes venían haciéndolo”.

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“Siempre me sentí muy identificado con Van Gogh. Cuando era chico, sufría mucho de otitis. Y me acuerdo que mi vieja me había regalado un libro de Van Gogh en el que descubrí el cuadro de él con el vendaje en la oreja. Le pregunto a mi mamá qué le había pasado, y me responde “Se cortó la oreja”. Yo flasheé que se la había cortado porque tenía otitis y que esa era la mejor solución que podía haber para curar el dolor. Eso me hizo sentir una especie de atracción por él, además de que me encantaba su obra. Después cada vez que yo sufría de dolor me acordaba de ese cuadro”.

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“Lo importante no es el mural sino lo que viene después, la reacción, la discusión o lo que pase con ese pedazo de pared. Uno es una impresión humana”.

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“Al principio empecé trabajando con la teoría del comunismo. Me llamaban mucho la atención los posters comunistas chinos y, mientras viví en Francia, me juntaba mucho con comunistas a discutir. Vi que Buenos Aires no tenía tanto acercamiento al tema y me pareció interesante darle visibilidad”.

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“Suelo hacer un trabajo de campo antes de pintar. Ahí es cuando pasa lo más interesante: por ejemplo, en Harlem tenía que representar a la comunidad latina, pero después de estudiar el lugar entendí que era más afroamericana que otra cosa. Me costó dos días animarme a pedirle a un chico afroamericano, que veía salir de la escuela todas las tardes, si me dejaba fotografiarlo y pintarlo. Finalmente lo logré. Y es difícil que la gente lo entienda. Yo no quería llegar a él. Yo quería que él llegue a mí”.

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“El taller es para mí un espacio de experimentación: voy probando cosas y veo qué le puedo ofrecer al afuera en sí después. Cuando ya te das cuenta que hay una responsabilidad en lo que hacés, entendés que está bueno ver qué más podés dar”.

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“Lo más interesante es que para todos los que en esa época pintábamos, el grafiti comenzó como un pasatiempo y de a poco la vida nos fue forzando a hacerlo nuestro realidad”.

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“Es un circuito bastante incontrolable. Porque uno quizás va con una idea pero después, ahí en la calle, hay una reinterpretación constante de tu trabajo. Y en la medida en la que pasan los años uno va aceptando más todavía ese proceso. El espacio público es una probeta muy grande”.

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“Estuve muchos años pintando en diferentes ciudades. Ahora quiero volver a lo artesanal, a mis tiempos, a mi escalera, a elegir una pared, hablar con el vecino y pintarla”.

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Autor: Clara Gómez Carrillo
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