Nicola Costantino no tiene miedo

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Nicola Costantino no tiene miedo

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Ni la dogmática, ni la pop. Es la Nicola íntima. La que hizo de los oficios de sus padres -la cirugía y la costura-, un arte. Y de su vida, una obra. “La referencia es mi propia vida porque es lo que mejor conozco. Eso solo ya me parece suficientemente sólido y confiable para trabajar”, dispara desde su estudio de Villa Crespo antes de responder a todo ese montón de preguntas que uno sólo quisiera hacerle a un personaje como el suyo.

Desde Cochon sur canapé a El verdadero jardín nunca es verde, su última muestra, que inauguró en noviembre en Galería Barro; su carrera es un montón de revelaciones juntas. Y un perfecto relato del recorrido que hizo como artista: en 1992 presentó su primera muestra individual (Cochon sur canapé) en el Museo Juan B. Castagnino de su ciudad. En ella invitaba a los usuarios a comer pollos y lechones asados, servidos sobre una cama de agua, en una sala llena de animales momificados y envasados al vacío.

“Dicen que mi arte es provocador; para mí es natural”, dice la artista en el texto que describe Carneada, el proyecto de 1999 en el que Nicola mata por primera vez un animal.

Después de eso, vinieron los Chanchos-bola (esferas que reproducían chanchos muertos), los Frisos (tuberías abiertas que dejaban ver réplicas de cuerpos de terneros nonatos) y la Peletería humana, hecha con réplicas en silicona de piel humana que incluían tetillas, ombligos y pelo natural. En el año 2000 exhibió una muestra individual en la galería neoyorquina Deitch Projects, en la que presentó todas estas creaciones. Ese año, su famoso Corset de peletería humana ingresó en la colección del MoMA.

En el 2004 hizo Savon de Corps en el Malba, una obra que presentaba jabones como artículos cosméticos de lujo, con la diferencia de que estos estaban hechos con grasa del propio cuerpo de la artista. Dos kilos de tejido adiposo resultado de una liposucción fueron la materia prima del proyecto. En 2013 se transformó en Evita y representó al país en la Bienal de Venecia con Rapsodia inconclusa. Y como el miedo no la detiene, este año Nicola fue por El Bosco.

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¿Cómo surgió la idea de trabajar en una exposición que se inspira en El Jardín de las Delicias de El Bosco, con la complejidad que este artista supone?

Siempre tuve una admiración especial hacia esa obra y durante muchos años estuve haciendo referencia a otras pinturas y fotografías. Pero pensaba: por qué no se me ocurre nada con esta pintura que es tan superior a todo. Pero no veía qué hacer. Y además, es una pintura un poco intimidante. Hasta que un día se me ocurrió trabajar a partir de algo que hice en 1997, que es una escultura de una cabeza de chancho con un cogote de pollo en la boca. Entonces, pensé en crear con eso una especie de máscara y así hacer estos personajes andróginos que tanto aparecen en la obra de El Bosco.

También me interesaba el desafío de trabajar con muchos personajes. Yo quería dejar de aparecer en las obras y tuve que plantearme la manera de incorporar la presencia de más gente al proyecto.

Por último, representar la fuente de la vida. Para mí El verdadero jardín nunca es verde es como una operación artística que busca representar esa fuente de la vida como algo que realmente existió y que se encontró como un descubrimiento arqueológico. No como algo que estuvo en la cabeza de El Bosco, sino como algo real. Así, lo representé en una escultura que tiene casi 4 metros de altura. Sin embargo, el entorno de la fuente ya no es El Jardín de las Delicias sino un gran mural 360º en el que aparecen diferentes situaciones: andróginos, animales embalsamados (NdR: la artista los pidió prestados al Museo Nacional de Ciencias Naturales para hacer la producción de fotos), las legendarias tierras del Valle de la Luna como entorno, y personajes representando distintas escenas.

Sin embargo, antes de llegar a El Bosco, hubieron otros: Berni, Boticelli, Evita. ¿Cómo suele ser tu proceso creativo?

Las ideas se me aparecen, en general, trabajando o en un momento dado…no es que estoy pensando qué puedo hacer. Cada proyecto me lleva alrededor de dos años y mientras lo voy haciendo ya se me ocurre otro para seguir. Lo que más me interesa es combinar muchas cosas. La obra para mí es la construcción del lugar, el vestuario, el ambiente…es muy importante la fabricación del objeto. Investigo y no busco variar e innovar. Trato de hacer una línea en la que se sigan conectando las mismas cosas. Ahí creo que se fortalece más una identidad. En la fotografía hice lo mismo. A través de ella uno puede entender mis obras anteriores como algo muy concreto, como una experiencia. Hacer como si se volviera atrás pero, en realidad, avanzar hacia adelante y así hacer de la obra una especie de costura en la que siempre se atan proyectos anteriores con los actuales.

“Cuando pienso una obra voy modelando la imagen en mí misma”, relata Nicola en La Artefacta, el film que produjo en 2015, que habla de su historia y que recorre toda su obra: desde la peletería humana, los chanchos bola.

¿Qué hay de provocación en tu trabajo?

Me gusta la ambigüedad porque me gusta que la gente no entienda de entrada qué está pasando, qué quiero decir o cuál es mi intención. Pero si hay algo que nunca vas a ver en mis proyectos es un juicio. Eso también es una ambigüedad, porque a veces estoy mostrando cosas que son criticables. Todos somos parte de estas contradicciones. Sólo que yo las muestro. No me gusta esa asociación del arte con las grandes consignas morales. Me parece más iluminador mostrar las cosas que no están bien.

Y el miedo, la oscuridad, ¿qué son para vos?

Yo me siento muy libre para hacer. Me doy cuenta que tengo una vara muy alta tanto del miedo, como del asco. Para mí son aspectos naturales. No le temo a nada. Sí sé que hice cosas que fueron muy riesgosas y podrían haber salido mal. Pero lo cierto es que cuando las hice no tenía miedo. Yo creo que el artista es así, diferente. Para mí esto no es más que mi trabajo, algo que tengo que hacer. No soy consciente porque yo siempre fui así. Me vine a Buenos Aires y ni me imaginaba cómo iba a vivir…y sin embargo, hacía mis cosas.

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Producto de eso quizás sea la identidad que te define. ¿Cómo ves esa misma identidad hoy en el arte contemporáneo y joven?

Creo que hoy es más difícil. Se habla de tecnología como si eso no fuera ya una realidad. No sé si verdaderamente entendemos esto de la “realidad virtual”. ¿Somos conscientes de lo que es eso?  Creo que si yo fuera artista joven hoy estaría, al menos, confundida. Sin obra, ni una identidad fuerte y con tanta información es un poco inevitable que se hagan cosas que tienen que ver con la época y que terminan siendo todas iguales.

Y en tu caso, ¿cómo era ese entorno?

Mi realidad fue casi lo opuesto: aislamiento y cero información. La única revista que llegaba a Argentina, que yo la conocí recién cuando me mudé a Buenos Aires, era Lápiz. Yo aprendí lo que era el arte contemporáneo en la facultad. No sabía bien qué hacían los artistas, pero ya desde chica sabía que quería hacer eso.

Mis recursos siempre fueron las cosas que aprendí a hacer durante mi infancia: la comida, la cocina, los animales, el cuerpo y la indumentaria, que aprendí a hacer en la fábrica de ropa de mi mamá.

Cuándo miras para atrás…¿qué ves?

Siempre voy cambiando. Pero ya no me asusta. La obra fue cambiando pero también, en el fondo, se repiten muchas cosas. Y confío en que así seguirá siendo. No me preocupa. Hay algunas cosas que veo y me parecen raras, y me pregunto: ¿cuándo fue que hice esto? Pero al mismo tiempo, me parece que está buenísimo cuando llegas a olvidarte de algunas cosas. Creo que cada una de ellas son parte de toda la historia, como un capítulo. Y por eso, cada una es importante.

Autor: Clara Gómez Carrillo
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