Horacio Sánchez Fantino, hombre de hojalata

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Horacio Sánchez Fantino, hombre de hojalata

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A medida que avanzamos por entre los pasillos del gigante Central Park -la antigua fábrica ubicada en Barracas que devino usina artística-, los golpes se oyen cada vez más fuertes. Y entonces vemos la puerta. “Sala 350: Horacio Sánchez Fantino”.

Al ingresar, la escena es casi industrial: cajas llenas de latas vacías de bebidas de diferentes marcas, dispuestas y organizadas por colores; latas en el suelo que dos chicos, jóvenes, toman-cortan-y vuelven a dejar sobre el piso. Y en el fondo, Horacio Sánchez Fantino trabajando sobre un gran lienzo. Es su próximo “mapa para perderse”, de la Villa 20 “Papa Francisco” de la Comuna 8 de la Ciudad de Buenos Aires, que el artista desarrolla para la Agencia de Protección Ambiental. Fragmento a fragmento su remachadora va colocando los pedazos sobre la composición.

Eso que cualquier consumidor citadino no ve más que como un deshecho, para Sánchez Fantino es el principio de una creación.

Las latas de bebidas son la materia prima de la obra de este artista rosarino que después de años de trabajar como Analista de Sistemas y desarrollar el arte como un hobbie “fuera de horario”, decidió cambiar los roles: hoy vive del arte y los Sistemas no representan más que una impronta de ser y hacer.

¿Por qué la cartografía?
Desde muy chico me interesó. Me gustaban mucho los mapas antiguos y empecé a tratarlos como una obra de arte. Me gusta jugar con la cartografía como algo equívoco, laberíntico y con la posibilidad de la interpretación subjetiva que estos despiertan.
Además, otra cosa que me interesa de los mapas actuales es que, desde el aire, muestran una realidad que parece muy similar, tienen la función de igualar. Sólo al hacer el recorrido real por un mapa uno puede ver las contradicciones sociales o ecológicas que en verdad existen.

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Un extranjero en su tierra

Fue a principios de 2000 que surgió Mapas para Perderse, junto al periodista Reynaldo Sietecase y a Paula Mikulan, su actual mujer. “Habíamos llegado a Buenos Aires y nos sentíamos como unos extranjeros. La idea era recorrer los barrios de la ciudad, conocerlos, caminarlos y de alguna manera reinterpretarlos”, cuenta. Su obra se expuso en el Centro Cultural Recoleta y en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino, de Rosario. Y eso dejó sembrada la semilla de lo que vino después: los mapas de latas.

“El primero surgió en la Villa 31. Yo caminaba el barrio, buscando en él esa reinterpretación. Y caminándola me encontré con las latas. Vi en ellas un elemento que aparte de ser simbólicamente muy interesante, es también muy plástico, con un brillo y un tono muy propios”, explica.

De ahí a la Villa 21, luego a Nordelta y a otros nuevos recorridos. Actualmente, camina las calles de la Villa 20. “Este nuevo proyecto surge por la gente de la Agencia de Protección Ambiental que, además de un mural me propone hacer un proyecto de divulgación y un trabajo con la gente. Invitamos a los miembros del barrio a sumarse al proyecto ayudándonos con la recolección de latas y la verdad que colaboraron con mucho compromiso. Además, voy a estar dictando unos cursos”, cuenta. El taller del que habla será en febrero. Sánchez Fantino hará un Laboratorio de Cultura Sustentable, que tendrá lugar en el CIFA y estará dirigido a aquellos artistas que quieran aprender a trabajar en una técnica artística con productos reciclados.

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¿Cuál es la búsqueda que hay detrás de tu trabajo?
Para mí hay tres aspectos clave: la recuperación ecológica de los materiales; la posibilidad de convertir el residuo en algo bello y el efecto social. Siempre estoy tratando de hacer imágenes que sean bellas pero que también tengan su contenido. Por eso trato de representar zonas que tengan problemas ecológicos, sociales o ciudades grandes con mucha contaminación. Busco poner el punto en algo que verdaderamente enriquezca más todo lo demás que ya conforma la obra.
Después está el material y la reinterpretación de cada barrio. Lo importante es que lo que se use sea el residuo del lugar para que la gente, antes de desecharlo, tenga que pensar si tirarla a la calle o hacerla formar parte de una obra de arte.

También sumaste a la gente del barrio al proyecto…
Sí, eso surgió por primera vez en la Villa 21. Además, más allá de sumar en la recolección, se suman también como mis asistentes en el trabajo. Y lo interesante es que ellos terminan reinterpretando su propio barrio. Pero sobre todo, me aportan muchísimo conocimiento e identidad. Tienen los mapas en su cabeza. Saben si un lugar sigue formando parte del barrio o si cambió.

¿Qué es para vos el arte?
Algo que definitivamente va cambiando, aunque lo fundamental para mí sigue siendo el deseo de crear algo nuevo que a la gente la haga pensar. Se puede hacer algo bello con residuos.

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Autor: Clara Gómez Carrillo
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