Gustavo Reinoso, el pibe de barrio al mundo entero

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Gustavo Reinoso, el pibe de barrio al mundo entero

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Hijo de trabajadores, vivió y creció en el barrio porteño de Devoto. Sus travesuras y mayores recuerdos pasaron por Villa Urquiza en el Mercado donde su padre tenía una fiambrería y allí se ganó el título del “gran rallador de queso”. Arquitecto, recibido de la Universidad de Buenos Aires, su camino desembocó en el mundo del arte. Gustavo Reinoso es un gran ilustrador de las ciudades y sus matices, de su gente y de sus costumbres.

En un segundo piso de un estudio ubicado por las vías del tren en Palermo, llegamos a un cuarto plagado de cuadros, inmensos figurines y formas perfectamente simétricas. Gustavo nos recibe con unas de sus asistentes y el tradicional mate. Son las 10.30 am y afuera llovizna, pero entre esas cuatro paredes se respira un clima familiar.

La asistente y los chicos de foto nos dejan solos. Prendo el grabador y empezamos a hablar. Automáticamente la magia comenzó a surgir.

De lo que somos

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Distrito Arte: ¿Crees que las ciudades que pintás tienen en común algo con el resto del mundo?

Gustavo Reinoso: Siempre trato de pintar no solo a la arquitectura del lugar sino también a su gente. Me parece que las ciudades quizás no son lo mismo, pero las personas sí: repetimos conductas más allá de que las sociedades sean totalmente distintas. Somos, de alguna manera, de la misma raza.

DA:¿Sos igual de curioso por las personas como por las ciudades?

GR: Sí es igual. No sé si veo cosas que la gente no ve, pero soy muy observador y probablemente haciendo un retrato no voy a hacer una figura fiel pero si va a estar ese detalle que lo caracteriza de alguna manera. Sé leer a las personas.

DA: ¿La Facultad te la pagaste vos?

GR: Sí, me la pagué laburando. En ese momento trabajaba de botones en un Apart Hotel en Siupacha y Arroyo. Había terminado la colimba y después de un año sabático de estudio empecé la facultad. Allí, uno de los jefes de trabajo me llevó a su estudio de arquitectura. Me fui del hotel y empecé a trabajar ahí, mientras estudiaba. 

DA: ¿Cómo hiciste esa fusión entre tu arquitectura y el arte?

GR: Mi formación como artista es totalmente autodidacta y como arquitecto, estudié. Históricamente, el arte y la arquitectura estuvieron siempre íntimamente ligadas, de hecho los primeros arquitectos eran todos artistas. Yo adoro mi carrera de arquitecto en la que trabajé 20 años hasta que decidí dedicarme a vivir del arte hace 4 años.

DA: ¿Fue tirarse a la pileta?

GR: Fue un 50 y un 50, porque en algún momento te la tenés que jugar. Me lancé gracias a mi socio Pablo, quien es arquitecto como yo y siempre me dijo que hiciera algo con los dibujos. Sumado a eso, el apoyo de mi familia. Esto fue creciendo, se fueron dando las muestras, los eventos, la venta de las obras…

DA: ¿Qué pensás sobre la comercialización del arte?

GR: Tenés los que estudian arte y por eso se llaman artistas, también aquellos autodidactas. Cada uno hace su camino y en algún momento el que pinta, necesita crecer. Todos los artistas tenemos una dosis de ego y si la obra no gusta, no se mueve, guardarla en tu casa no sirve nada. El arte hay que acercarla a la gente, muchos tienen miedo de pararse enfrente a una obra y descubrir cosas. 

De lo que fuimos

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DA: ¿Eras muy compañero de tus padres?

GR: Sí, no tenia ningún conflicto. Quien me salvó de ser un hijo único típico fue mi viejo. Un hombre con mucha calle y otros códigos, que se crió con eso y me lo transmitió. Por otro lado, mi vieja era más contenedora. Ese equilibriohizo que no sea muy goma por lo menos. (risas)

DA: Decís que fuiste el gran rallador de queso…¿Qué es eso?

GR: A mi viejo no le gustaba que trabaje en la fiambrería, pero estaba gran parte del tiempo y ayudaba. Agarraba el queso provolone y lo ponía en el rallador que tenía agarrado a la mesa con una morsa y hacía girar la manivela. Todas las bolsas llenaban lo mismo y por día llegaba a hacer 100 bolsitas. Con eso me ganaba alguna que otra revista. Además, dibujaba en el mostrador y los clientes me dejaban alguna moneda con las que me compraba la Condorito o figuritas de fútbol.

DA: ¿Qué olores recordás?

GR: El de la pescadería del mercado,  era tremendo. Era un gran mercado donde entrabas por la calle Triunvirato y salías por Monroe, era como una L. Yo podía ir con los ojos cerrados y saber por dónde iba pasando. En la fiambrería el que más me acuerdo es del jamón cocido, ese es el que más se siente.

DA: ¿Tratás de reflejar en tus dibujos lo vivido en tu infancia?

GR: No tengo tiempo, pero me encantaría reflejarlo. Tendría que hacer el ejercicio, porque hay muchos recuerdos que llegan aleatoriamente y debería bajarlos.

DA: Pasaste de Villa Urquiza a pintar en el resto del mundo…¿Extrañás el anonimato? 

GR: No podés volver atrás, la vida te va llevando por esos caminos y yo no reniego de nada. Yo fui el pibe que vendía jazmines en la vereda, y eso es la base de lo que soy hoy.  Son procesos.

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PING PONG

  • ¿UN COLOR? Rojo.
  • ¿UNA PELÍCULA? Pulp Fiction.
  • ¿UN LIBRO? Las venas abiertas de América Latina – Eduardo Galeano.
  • ¿UNA PERSONA? Mi vieja.
  • ¿ALGO ANTES DE MORIR? Una fiesta.
  • ¿UNA PALABRA? Amor.
  • ¿UN LUGAR EN EL MUNDO? Argentina.
  • ¿PLATA O MONTAÑA? Montaña.
  • ¿ALGO MÁS PARA CONTAR? Soy hincha a morir de independiente.
Fede Kane

Dirección de arte. Fede Kane.

Autor: Magdalena Ehul
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